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Un lunes hace 36 lunes

Un lunes, hace treinta y seis lunes, llegué a mi casa tarde en la noche. Me senté en mi sofá rosa aterciopelado. Fue el primer mueble que compré cuando a mis 30 años por primera vez viví sola. Lloré.


Lloré porque no entendía nada. Lloré porque no sabía qué hacer. Lloré porque no sabía con quién hablar. Lloré porque sentí miedo. No me paré en muchas horas.


Después de ese lunes he llorado muchas veces en el mismo sofá, algunas sola y otras acompañada. Otras veces me he quedado quieta mirando mis plantas, mis cuadros, el árbol que se ve por mi ventana, contemplando el espacio que me hace sentir segura.


Un martes, hace treinta y seis martes, sentada en ese mismo sofá, envié a la entidad para la que trabajaba una carta de renuncia motivada denunciando el acoso sexual del que fui víctima por parte del entonces presidente de esa organización.


No encuentro una metáfora o figura literaria que me permita describir lo que sucedió en mi vida de ahí en adelante. En mi cabeza se sentía como si muchos instrumentos desafinados sonaran al tiempo, tan alto que no podía identificar cuál era cada uno de ellos. Tan alto y tan agudo que mis pensamientos y recuerdos se rompían como vidrios.


Pasó mucho tiempo antes de que pudiera sentir un silencio desaturdido que me permitiera pararme del sofá y empezar a recoger los vidrios rotos. Con cuidado he barrido y recogido sola y en compañía de quienes me aman y de seres esperanzadores*, muchos pedazos. Hay esquirlas, pedazos puntiagudos, pedazos grandes y pedazos pequeños que he ido seleccionando para decidir cuáles deben ir a la basura, y cuáles hay que limpiar y organizar para convertirlos en las piezas que armarán un espejo, que hoy, treinta y seis miércoles después de aquel lunes, sea el espejo en el que vea el reflejo de mi vida deconstruida.


Digo deconstruida y no reconstruida porque mi vida nunca volverá a ser la misma. Hoy puedo releer mi historia y la de muchas mujeres y hombres con otros lentes. Con el riesgo de caer en lo obvio de un lugar común, la releo con gafas violeta, como las de Gemma**.


¿Qué pasó ese lunes? ¿Qué fue tan grave para lograr que se rompieran todos esos vidrios?


Los hechos exactos reposan en los múltiples archivos que relatan mi caso puntual. Pero más allá de mi caso, lo que pasó es lo mismo que les pasa a muchísimas personas en América Latina y en el mundo.


El estudio ELSA 2021, Espacios laborales sin acoso, realizado por Genderlab y financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo, revela que, de una muestra de 32.632 personas en Colombia, Perú y Bolivia, 34% manifiesta haber pasado por una situación de hostigamiento sexual en el trabajo. Marlene Molero, directora de ELSA, afirma que las situaciones de acoso aumentan en entornos donde las mujeres somos minoría. El Ministerio de Trabajo en Colombia reafirma, tras su Encuesta de Acoso Sexual en el Ambiente Laboral, que la mayoría de las víctimas somos mujeres. Y así, hay múltiples estudios que muestran una cantidad de cifras que evidencian una realidad irrefutable, pero que, aunque se diagnostica mucho, se acepta poco. Este escrito no pretende recopilarlos, porque para quien me lee será muy fácil encontrarlos.


Leí cientos de ellos antes de sentirme preparada para escribir, demuestran la falta de protocolos para manejar los casos, los factores de riesgo que exponen más a algunos grupos poblacionales que a otros, el impacto que tiene en la vida de los trabajadores, la disminución de sus capacidades laborales, en fin. Es aterrador encontrar la cantidad de argumentos que se conocen para decidirnos de una vez por todas a hablar en voz alta sobre lo que enfrentamos como sociedad, y, aun así, seguimos hablando del tema con voz de susurro.


Hablo de sociedad porque para avanzar en el camino de la eliminación de las violencias basadas en género, y específicamente del acoso sexual laboral, tenemos que actuar todos, víctimas, victimarios, autoridades, empleadores y espectadores.


Mi caso es uno dentro de cien mil otros. A mí me costó hablar. A mí, que soy una mujer que cuenta esta historia desde una situación de absoluto privilegio.


¿Qué pasó ese lunes? ¿Qué fue tan grave para lograr que se rompieran todos esos vidrios?


Ese lunes, se materializó el miedo con el que viví muchos meses y nació otro.


Viví con miedo a exigir que no se hicieran comentarios sobre mi apariencia física porque recibiría una retaliación. Viví con miedo a negarme a una cena porque eso tendría consecuencias en la evaluación de mi desempeño. Viví con miedo a no reírme sobre un comentario ofensivo porque eso castigaría el criterio sobre mis productos profesionales. Viví con miedo a reprochar actitudes misóginas porque se iban a burlar de mí. Viví con miedo a hablar porque se “afectaría mi crecimiento profesional”. Viví con miedo a denunciar porque perdería mi trabajo.


Ese lunes denuncié, renuncié irrevocablemente a mi cargo y pasé a vivir con el miedo a que se conociera mi nombre.


Revelar mi nombre supone una retaliación y un castigo en lugar de una reparación.


Reparar. ¡Qué verbo hermoso es! Cuántas violencias podríamos evitar si nos detuviéramos en el acto reconciliador de reparar.


Denunciar. ¡Qué acción difícil es! Acarrea castigo, cuestionamiento, injusticia, decepciones y soledad.


Hoy, con mis lentes violeta, entiendo la razón para callar. Y sí, mi caso involucró la desvinculación del victimario de la institución; pero no terminó ahí, y no fue ni ha sido un camino fácil.


Ha estado repleto de las consecuencias que trae denunciar. Además de haber sido difamada constantemente por el victimario, el ente investigador que lleva el caso, que se supone debe brindar todas las garantías a las partes, en particular a la víctima, ha tenido una actuación, por no decir menos, vergonzosa. He sido revictimizada en varias ocasiones que me duele recordar y solo confirman las razones para decidir callar antes que preferir atravesar un camino con pocas manos y muchas espaldas.


Este relato busca en quienes lo leen, sentir por un momento el ruido altísimo y aturdidor de los instrumentos desafinados que escuchamos las mujeres que una vez estuvimos en ese sofá recogiendo vidrios rotos decidiendo si callar o hablar.


Mi nombre es María Clara Sarmiento Arango, durante varios meses fui víctima de acoso sexual laboral por parte del señor Hernando José Gómez, ex presidente de Asobancaria. En noviembre de 2022 denuncié estos hechos ante las directivas de la entidad. Ese mismo mes el entonces presidente fue retirado de su cargo tras confesar los hechos denunciados ante la Junta Directiva de la organización a través de una carta que además de imprecisa, subestima lo ocurrido. En enero de 2023 narré ante la Fiscalía General de la Nación mi testimonio.


Hasta la fecha no he recibido ningún tipo de excusa, reconocimiento de los hechos, o acto reparador por parte del victimario.


Hoy, más allá de narrar mi caso particular, alzo una voz para reconocer la importancia de abordar los casos de acoso sexual laboral como un asunto de interés público. Hoy, busco que mi caso sirva como ejemplo para avanzar en una sociedad que castigue los actos de violencia sexual y de género y facilite un escenario para la resolución de un conflicto permitiendo los cuatro pasos necesarios para lograrlo: verdad, justicia, reparación y no repetición.


No podemos permitirnos más ser una sociedad incapaz de reconocer la verdad y reparar los daños generados comprometiéndonos con las garantías para la no repetición.


Este relato busca que no pasen treinta y seis lunes, martes o miércoles más, para que las mujeres que, como yo, estuvieron o están en ese sofá, sepan que no están solas, que este túnel que a veces parece sin salida, tiene manos que pueden acompañar su caminar. * Este es un asterisco de esperanza. Es un asterisco para agradecer a todos los seres amorosos y valientes que esta etapa de mi vida puso en el camino. Es un asterisco para abrazar a mi familia que me ha tomado de la mano durante todos estos lunes, martes y miércoles.

** Lienas, Gemma, El diario violeta de Carlota, Alba Editorial, Barcelona, 2001.

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